Terry Eagleton y la literatura sanjuanina

Terry Eagleton, crítico literario, escritor y pensador marxista nacido en Inglaterra, dice en su libro Cómo leer un poema:

“Atender a la naturaleza sistémica de los poemas no debería impedirnos advertir que también constituyen ejemplos de juego. Esta es una manera más de desviarse de una civilización obsesionada por lo económicamente rentable. Meramente por existir, la poesía cumple una función utópica, mostrando una forma de vida no tan subyugada al trabajo, a la coerción y a la obligación. Los poetas, como los niños, producen sonidos por el placer de hacerlo. La poesía es una forma superior de balbuceo. Los más elevados ejercicios de la imaginación, como hemos visto, rayan en las más regresivas fantasías. Un poema es un recreo semiótico, en el cual el significante es dispensado de sus adustos esfuerzos comunicativos y puede divertirse sin abochornarse. Libre ya de un matrimonio sin amor con un único significado, el significante puede ir de flor en flor, mostrarse promiscuo, retozar impúdicamente con otros significantes también libres de compromiso. Si los guardianes de la moral convencional comprendieran lo indecente que es la poesía, dejarían inmediatamente de inscribir poemas en sus tumbas.
El juego es lo contrario de una actividad instrumental, incluso cuando esta lleve a cabo un papel fundamental en nuestro desarrollo. Según las teorías psicoanalíticas de Jacques Lacan, en nuestro desarrollo se da el problema de que un niño pequeño nunca llega a diferenciar realmente lo que se hace por razones instrumentales o prácticas de lo que no. De hecho, que sea alimentado, lavado y mantenido caliente es un acto de amor por parte de los que lo cuidan; pero para Lacan esta manifestación de amor la experimenta el niño como algo problemáticamente ambiguo, pues nunca aparece únicamente como tal. En lugar de eso, queda inevitablemente oculta por la forma funcional que adopta. Lo que el niño requiere es que se lo reconozca por sí mismo, pero nunca puede estar seguro de cómo reconocer tal reconocimiento. Según la teoría lacaniana, en el espacio que dista entre la demanda de reconocimiento incondicional y la satisfacción de necesidades pragmáticas, es donde primero germina el deseo o el inconsciente.  Sin embargo, jugar con los niños es no hacer otra cosa que reconocerlos por lo que son, sin ningún fin ulterior en mente. Es al jugar cuando nos volvemos nosotros mismos como sujetos humanos. Y la poesía es, entre otras cosas, un recuerdo de ese sentido primordial de ser aceptados por lo que somos”.

Pensar la poesía como una herramienta anticapitalista es, al menos, divertido. La realidad, tan buena ella, sale en nuestra ayuda: la poesía no vende, y aún cuando las editoriales independientes dedicadas a la distribución de la palabra poética se multiplican para alegría de todos nosotros (y muchas de ellas llegan a ser comercialmente existosas -“sustentables”, para usar palabras coyunturalmente correctas, como por ejemplo, “coyunturalmente”)  la poesía nunca podrá rivalizar con los millones de kilos de papel invertidos en sagas épicas kilométricas, aventuras sadomasoquistas, romances adolescentes o bajadas de línea filosóficas mal disfrazadas de novela.

La primera respuesta que cualquiera daría (sobre todo los poetas) es que la poesía demanda un compromiso emocional e intelectual que vuelve a sus lectores peligrosos ante el poder político: quien lee poesía, parece ser, adquiere simultáneamente un carácter crítico de todas las formas de pensamiento (la poesía es, antes que nada el revés de las cosas) y un deseo de trascendencia que lo despega de la trampa del consumo en la que permanecemos, cegados a toda forma de manipulación política, impedidos de reflexionar sobre los espacios de poder. Y es probable que esta respuesta sea cierta.

Pero lamentablemente, el capitalismo sabe ser más astuto que el arte, y termina, tarde o temprano, no solo convirtiéndola en un bien de consumo (¿te acuerdas de la poesía? ¡Volvió! ¡En forma de memes horribles con campos floridos de fondo!) sino también instaurando una lucha de pobres ricos contra pobres pobres: nadie ha ganado fortunas con la poesía, pero todos tenemos el impulso de concebir nuestro acervo cultural como un capital, y desde ese lugar construimos sitiales, nos constituimos en defensores de la supuesta esencia de la poesía, frente a los embates de una masa ignorante y desconsiderada que pretende usurparla y ultrajarla. Terry Eagleton también se ha referido a esto:

Terry Eagleton señala que la nueva cultura, “lejos de aportar un antídoto al poder, resulta que es profundamente cómplice de él”. “En vez de ser lo que podría salvarnos, quizá tengamos que devolverla a su lugar”, añade. Es decir, el capitalismo ha incorporado la cultura a sus propios fines materiales. La creatividad ha sido sustituida por la utilidad y la cultura puesta al servicio de la adquisición y la explotación.

La cultura ha dejado de ser una crítica de la manufactura moderna, para convertirse en un sector muy rentable de esta. Pertenece a la infraestructura material del capitalismo, tanto como la refinación del azúcar o la cosecha del trigo.

El problema de la popularización de la cultura no es su “abaratamiento”, sino su neutralización como arma social y conversión en mera mercancía. Cuanto más poderosa la cultura de masas, menos cultura hay.

(la nota completa puede leerse acá)

Y la noción de mercancía trasciende lo monetario: muchos escritores andan con su (la) poesía a cuestas, exhibiéndola (exhibiéndose) en cuanto espacio les es permitido, apelando a un consumo vacío carente de retroalimentación, convirtiéndola en una mera expresión de sentimientos o de ideas, estableciendo su efectividad en el grado de empatía emoci0nal del público (medido numéricamente, por supuesto).

Así, entonces, donde no hay capitalismo hay bio-capitalismo: nadie vive de la poesía, pero lucra simbólicamente en tanto se constituye como guardián de una excelencia que se resiste a asumirse histórica y, por ende, mutable, al mismo tiempo que la vacía de todo su carácter artístico, social, crítico y transformador. La poesía, el juego rebelde concebido por Eagleton, deviene instrumentalismo ideológico (playito, ¿eh?), declaración sentimental, exhibicionismo.

¿Cuántas instituciones sanjuaninas se autorreconocen como reservorios de la cultura? ¿Cuántas personas se consideran instituciones? ¿Cuántos, desde ese lugar, niegan la pluralidad de orígenes que puede tener la poesía, invisibilizando todo aquello que no se ajusta a sus cánones (inimputables e imperecederos)?

¿Cuántos de nosotros perdemos el gusto por la materialidad pura del lenguaje? ¿Por ese juego, por ese recreo semiótico? ¿Cuántos de nosotros asumimos el compromiso de despegarnos (aunque sea un poco) emocional e ideológicamente de nuestros propios textos para observarlos como un acontecimiento con peso propio, como un banquete que huele, una máquina que ronronea?

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El fragmento de Eagleton se circunscribe a una mirada sobre la poesía en tanto género. Pero si creemos que la literatura puede ser un impulso de transformación del lenguaje que atraviesa todos los formatos, su mirada puede extenderse a la narrativa, que, por su carácter comercial(izable) vuelve mucho más evidentes los postulados del pensador inglés.

Si la poesía (la sanjuanina en este caso, y no lo digo yo, sino las múltiples expresiones que proliferan en redes sociales y lecturas públicas) se asume como un campo sentimental o en menor medida intelectual, la narrativa deposita su legitimidad (y su genio) en la historia: personajes supuestamente truculentos y profundos, acontecimientos supuestamente extraordinarios, giros narrativos supuestamente sorprendentes. ¿Y el lenguaje? La herramienta inevitable para llegar del punto A al punto B. Mientras que, en realidad, lo inevitable es que lo que nosotros no decimos en el texto, el texto lo dice por nosotros. Y el lenguaje, ese cuerpo casi físico, tiende, como tal, a permanecer en su estado natural. El resultado entonces, suele ser estereotipado: olvidados de que en el arte contenido y forma son interedependientes, la historia que pretendíamos extraordinaria cae en todos los lugares comunes posibles, se vuelve relato homogeneizado, poco desafiante, vehículo de una ideología hegemónica (la doxa, diría Barthes) disfrazada de renovación y genialidad artística.

Y el capital, mientras tanto, se frota las manos: impulsados al éxito, a la masividad, con la distribución supuestamente  facilitada, con la espontaneidad e inmediatez de la tecnoglobalización, muchos terminan produciendo “hechos de lenguaje” cuyo mérito aparente está en el alcance, el enganche (la historia casi siempre es “atrapante”) y cuyo objetivo es numérico: más lectores, más “likes”, más seguidores. La tecnología, tan bondadosa ella, proporciona plataformas desde las cuales construir nuestra propia historia, espacios de producción-consumo donde el mérito artístico no tiene ninguna cabida, pero la chapa de “escritor” se esgrime con orgullo (y bastante displicencia). No es necesario escarbar demasiado para encontrar, incluso en San Juan, fenómenos de este tipo.

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Por supuesto, todas estas ideas son sucintas, apresuradas y bien dispuestas a la conversación. La mirada de Terry Eagleton sobre la literatura es muy rica y mucho más compleja de lo que pueda retratarse en un artículo tan breve. Toda mirada sobre la literatura sanjuanina también debería ser más compleja que la presentada en este texto.

Pero vamos andando, insistiendo, esperando otras voces.

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